Ir al contenido principal

Breve reflexión subjetiva sobre el amor

Cuando amamos intensamente aprendemos a corrernos para dejar espacio. A veces tenemos que irnos y esperar de nuevo que nos llamen. Con seguridad ese llamado vuelve y con certeza cuesta y es larga la espera.

Cuando queremos bien es preferible doblar bien chiquitito el orgullo y guardarlo en algún lugar donde no se note y que sea de difícil acceso, para no tenerlo a mano y sacarlo en el momento menos preciso.

Si el amor que profesamos es verdadero y presume de infinito, es necesario salvaguardarlo de ataques de ira y conservarlo en un frasco lleno de paciencia, bien tapado y en lugar fresco.

Si tenemos la certeza de que ese amor es único, irrepetible y para siempre, debemos saber que tendrá días buenos y muchísimos malos, casi que pueden parecerse al odio, y no perder de vista que, aunque creamos que nuestro amor es inconmensurable, no puede medirse ni pesarse ni compararse. Nadie ama igual; se ama y se deja huella, única como huella dactilar. Así, sin más, sin secretos, sin recetas, solo amar. Lo demás tiene que poder venir solo. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El árbol

Me gusta recostarme sobre la hierba y contemplar el cielo a través del follaje de nuestro árbol del bosque.  Recordar las promesas, las caricias, las risas y los sueños de los que él fue testigo.  Buscar y encontrar las iniciales que grabamos a cuchillo en su tronco macizo.  Sentir que cada una de sus hojas y yo sabemos bien que, recordándote, sigues aquí conmigo, aunque tu cuerpo ya se haya ido. 

Luna de sangre

Eclipse de sangre llaman al momento en que la luna pone su cara ardorada, roja de ardores nocturnos, de intentar infructuosamente que su amado sol pase, alguna vez, una noche junto a ella.  Los lobos aúllan su llanto, pero el rey Febo aún no quiere darse cuenta.

Un extraño día en julio (#RetoLesTodes #RetoBurdick)

Encontrarnos después de tantos años fue mágico. En verdad, mágico fue reconocernos después de tres décadas. Mis canas, la tintura de su pelo, mi panza de cuatro décadas, su sonrisa marcada por una vida. Tan fuera de contexto, tan lejos de nuestra infancia y sin embargo, ella dijo "Nachi" y el tiempo retrocedió velozmente hasta nuestras vacaciones de invierno en la posada de Gualeguaychú, frente al río. El escenario que nos reunía era bien distinto. Nos cruzamos en la inefable Buenos Aires y su caos de viernes al mediodía. La city porteña, cargada de hombres de traje y corbata y cuello almidonado, no fue testigo de nuestras miradas y nuestra nostalgia, porque toda su gente miraba en otra dirección y sus mentes divagaban —seguramente— entre números y el cambio bursátil. Me paré, la miré, me abrazó. Siempre fue así, ella decidida y relajada, yo algo más lerdo y quedado. Le devolví el abrazo, de escasos segundos e infinitas añoranzas. Raquel me pasó la mano por ...