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Mostrando las entradas etiquetadas como relato

Perturbación

I mperturbable descendió calles sin fin; arriba abajo, abajo arriba.  La estación gris, hasta silenciosa.  De pronto, entre él y la nada una cabellera roja, incandescentemente roja.  Subió al vagón detrás de ella, corrió detrás de ella...  La perdió.  Tenía que volver a ver ese color, ese ondular del cabello al viento.  Corrió, empujó cuanto ser se interpuso en su carrera, y al fin la vio. Allí estaba, del otro lado del cristal sucio de dedos y desesperación.  Tenía que alcanzarla.  Cruzó la puerta segundos antes de poder perderla para siempre.  Otra vez corrió, esta vez escaleras arriba.  Con todo su ser corrió.  Y allí, afuera, donde se eleva el monumento sin sentido de la ciudad, volvió a tenerla cerca, volvió a sentir su roce de fuego.  Tan cerca, que pudo oler el carmesí de esos cabellos.  Aspiró hondo, se llenó de esa preciada melena.  Y respiró aliviado, entregado....

Ecuación lógica

Les contaré una brevísima historia sobre dos personas, dos hermanos de hecho, que aquí serán personajes. Los llamaremos X y Z, sin más, solo por capricho, aunque también un poco para preservar sus identidades.  La historia es larga y se remonta hasta hace varias décadas, casi diría que empezó el mismo día que Z nació, cuando X tenía 4 años; pero no voy a contarla. En verdad tampoco importa saberla. Solo es imprescindible que conozcan el fuerte deseo que X tenía porque Z muriera, pese a la entrañable y profunda relación que los unía.  Tan enorme y necesario era este deseo que X decidió, finalmente y contra todo prejuicio, terminar con la vida de Z. Con tal fin, X prepara, una noche cualquiera, sin un pretexto específico (porque todas las semanas los hermanos se reunían a cenar en casa de alguno de los dos) una cena formidable: manjares y exquisiteces varias preparadas por él mismo y un vino delicioso, de su exclusivísima bodega. Todo en el cálido ambiente del coquet...

Dos caras de la misma moneda

Sonó mi teléfono. Era su interno. Otra vez. No, otra vez no. Recién ahí caí en la cuenta de que en todo ese día no me había llamado ni una sola vez. Claro, cinco años —eternos años— de sus llamadas casi constantes, habían amortizado tanto, que este día en particular no me había llamado la atención la falta de llamadas suyas.      —Venga —me dijo. Siempre decía lo mismo. Me levanté de mi silla, acomodé mi blazer y una vez más bendije no haber traído pollera. Ya hacía tantos años que pensaba dos veces antes de ponerme una pollera. Excepto en sus vacaciones, siempre iba de pantalones. Al menos así, ya no tenía que ver sus ojos libidinosos viendo cuando me cruzaba de piernas.      Golpeé la puerta, pero entré sin esperar su permiso.       —Siéntese— me dijo. Y empezó a hablar.      De nuevo un pocillo de café, una estúpida tacita blanca con coranzocitos rojos del lado del escritorio donde yo me sentaría en escasos ...

Vita

A Rubén le gustaba adquirir muebles antiguos o en mal estado y restaurarlos en sus momentos de ocio. Hacía unos días había comprado, por muy poco dinero, un sillón bastante antiguo, propiedad de una vecina de años. El sábado que decidió empezar a restaurarlo, encontró escondido en el respaldo del mueble, un libro con tapas de cuero color rojo. Apenas lo pudo ojear durante ese día, pero le llamó la atención, no solo la singular característica de estar oculto, sino la posibilidad de que estuviera allí desde tiempos inmemoriales, dado que el mueble había estado arrumbado en un desván por varias décadas, sin ser movido ni usado por nadie. El domingo por la noche, ya bastante avanzada la restauración, se dio un respiro en la labor carpintera y calentó la comida mientras se duchaba. Puso mesa para uno, como cada día en los últimos dos años, desde que había muerto su esposa. Decidió entonces que era un buen momento para leer el misterioso libro. Se dio cuenta inmediatamente de que era un...

Amada diabólica

Su tez pálida, casi transparente, fue lo último que acarició. Los ojos grises profundos y amorosos se habían tornado salvajes por primera vez. El rostro ovalado y armonioso de su amada, contemplado en cada amanecer por los últimos diez años, fue lo último que vio. Luego de la primera puñalada en su corazón, la miró sin entender y ella le devolvió su sonrisa de dientes perfectos y blancos como su piel. Llena de gozo por el sufrimiento que le infligía, el rictus fue una carcajada a medida que entraba y salía el cuchillo de su pecho. Intentando frenar tanto odio, tomó sus cabellos y enredó sus dedos en los bucles rojos que habían sido su anclaje a este mundo. El pelo ensortijado comenzó a teñirse de su propia sangre que salpicaba todo el ambiente. El rostro amado empezó a hacérsele difuso. En su irreversible agonía, vio cómo la habitación se confundía en un único rojo, mezcla de materia sanguinolenta, furia, cabellos, venganza, bucles cobrizos y un profundo odio hasta ahora ...

Falta de mérito

La gente que la rodeaba, la mayoría, insistía en desmerecer lo que ella era en verdad. Tanto así, que cansada de explicarlo una y otra vez, decidió demostrarlo en la práctica y con creces. Pero ni siquiera cuando se cargó a veinte personas creyeron por completo en su capacidad de matar sin motivo, con crueldad y a sangre fría. Sin testigo alguno que atestiguara en su contra y por falta de todo mérito, fue declarada inocente .

Errores fatales

Ese 29 de abril, un lunes terriblemente lunes, en su oficina gris de tanta rutina, Elina Godoy erró infinidad de veces la fecha. Su mano terciaba en escribir 29 de agosto en cada papel que fechaba. Faltaban aún cuatro meses. Dio vueltas por su cabeza una y otra vez: nada la ligaba a ese día futuro a mediano plazo.  El 29 de agosto, exactamente cuatro meses después, alguien en la funeraria tiraba a la basura el décimo certificado de defunción de la occisa Elina Godoy, porque en cada uno de ellos equivocaba la fecha y escribía 29 de abril.

Ichua Kan y sus cosas

Pienso en la pasión. La pasión por el lenguaje y la invalorable e involuntaria ayuda e inspiración de Ichua Kan y este, que siempre fue su pensamiento más certero.     Hablar con Ichua era ameno, entretenido y a veces daba buenos consejos. Pero leer lo que escribía, era intolerable. Ni con un Toblerone y un café bien negro de por medio era ameno el lenguaje de Ichua Kan; ya casi lo había intentado todo, sin cambio alguno. Ichua Kan se entendía siempre por el sentido opuesto. Era raro pero resultaba con todo, menos con su escritura, que me era imposible de tolerar.     Disfrutábamos hojear, ojear y oler los libros viejos y soñábamos con escribir los nuevos. Ser escritores reconocidos había sido nuestro sueño de juventud.     Tal vez el secreto de nuestra amistad era que ambos amábamos lo mismo: el lenguaje de las palabras, mejor escritas que habladas. Así de simples y así de complejos éramos con Ichua Kan.     Pero odiaba lo que escribí...