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Noche de lluvia

Noche de lluvia contundente, cerrada. Abnegada lluvia que limpia las veredas y algunas almas. Lluvia que dejará mañana ventanas sucias de gotas secas, como mejillas con llorosos surcos de rimel. Agua que desciende profusamente desde el cielo para ablandar la tierra. Y en esta noche de frío, de paso, amansa algunos corazones. Lluvia, piadosa lluvia. Infinita y mágica. Necesitada y también temida. Llora, cenit nocturno, tus lágrimas de lluvia.

De mí

Alguna vez fui la primera persona que veía cuando despertaba. Hace muchos años que no: la cara de mi esposo, la del perro, la de mis hijos –en ese orden– son las que veo mucho antes de, finalmente, ver la mía, frente al espejo, a cara lavada y todavía medio dormida.  Las mañanas son tan diferentes de las noches. Amo las mañanas porque brindan ruido, alegría, corridas, enojos que se pasan pronto, besos de despedidas cortas, ganas de hacer cosas. Las mañanas huelen a tostadas, café y vida.  Pero todas las mañanas extraño las noches. El silencio de la noche: la calma, los chicos durmiendo, soñando con el nuevo día que para ellos siempre es prometedor. Durante ese período pienso que este es el lugar, el único lugar donde quisiera vivir siempre. Por las noches me dan ganas de detener el tiempo, así, en paz. En ese silencio puedo pensar y darme cuenta de que para eso están los sueños, y que –definitivamente– añoro el movimiento del día. Y que ambos, día y noche, son parte ...