Ir al contenido principal

Reciprocidad

Yo estoy y vos elegís estar.
A veces vos no podés estar, pero entonces yo te suplanto.
Y si vos no querés estar, yo aprendo a esperar el momento en que sí quieras.
Yo lloro porque sé que tengo tu consuelo.
Vos estás sufriendo, llorás a mares, pero sabés que en mis brazos es más fácil transitar el dolor
Yo te cuento solo porque creo que vos me escuchás.
Vos me contás, yo te oigo con mis cinco sentidos y así me hago carne de tus sentimientos.
Y cuando te alejás del camino, yo estoy para convertirme en tu localizador satelital.
Yo vuelo en mi nube, cómoda, serena, porque sé que vos sos lluvia que desciende.
Yo río tu carcajada porque vos celebrás mi humor.
Amigos, acompañantes, guías, amantes, parientes... A veces dando otras recibiendo. De maneras diferentes, en envases multifacéticos, con distintas intensidades, pero siempre de manera recíproca, porque si no, no es posible.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El árbol

Me gusta recostarme sobre la hierba y contemplar el cielo a través del follaje de nuestro árbol del bosque.  Recordar las promesas, las caricias, las risas y los sueños de los que él fue testigo.  Buscar y encontrar las iniciales que grabamos a cuchillo en su tronco macizo.  Sentir que cada una de sus hojas y yo sabemos bien que, recordándote, sigues aquí conmigo, aunque tu cuerpo ya se haya ido. 

Luna de sangre

Eclipse de sangre llaman al momento en que la luna pone su cara ardorada, roja de ardores nocturnos, de intentar infructuosamente que su amado sol pase, alguna vez, una noche junto a ella.  Los lobos aúllan su llanto, pero el rey Febo aún no quiere darse cuenta.

Un extraño día en julio (#RetoLesTodes #RetoBurdick)

Encontrarnos después de tantos años fue mágico. En verdad, mágico fue reconocernos después de tres décadas. Mis canas, la tintura de su pelo, mi panza de cuatro décadas, su sonrisa marcada por una vida. Tan fuera de contexto, tan lejos de nuestra infancia y sin embargo, ella dijo "Nachi" y el tiempo retrocedió velozmente hasta nuestras vacaciones de invierno en la posada de Gualeguaychú, frente al río. El escenario que nos reunía era bien distinto. Nos cruzamos en la inefable Buenos Aires y su caos de viernes al mediodía. La city porteña, cargada de hombres de traje y corbata y cuello almidonado, no fue testigo de nuestras miradas y nuestra nostalgia, porque toda su gente miraba en otra dirección y sus mentes divagaban —seguramente— entre números y el cambio bursátil. Me paré, la miré, me abrazó. Siempre fue así, ella decidida y relajada, yo algo más lerdo y quedado. Le devolví el abrazo, de escasos segundos e infinitas añoranzas. Raquel me pasó la mano por ...