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Solo los chicos

Los adultos tenemos eso de intentar e intentar que todo salga al revés  y sea medianamente difícil y problemático.  Pasamos horas preciadas en boicotear todo y boicotearnos la vida. Como si huyéramos de las cosas simples. Entonces ponemos peros, manipulamos los sentimientos propios y ajenos, discutimos lo evidente. Pero ahí, justo ahí cuando menos lo esperamos, viene un pibe y de una patada de inocencia y buena onda te voltea el tablero de quilombos. Y sin un pelito de envidia ni maldad lo transforma todo en liso y llano, en simpleza absoluta, en una paloma blanca, sentada en un verde limón, cantando "pero sí porque te quiero a ti". Así,  sin vueltas, caprichosamente sincero y cariñoso. 
Los pibitos, tanta empatía y sabiduría toda junta en envase chico pero rendidor.

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El árbol

Me gusta recostarme sobre la hierba y contemplar el cielo a través del follaje de nuestro árbol del bosque.  Recordar las promesas, las caricias, las risas y los sueños de los que él fue testigo.  Buscar y encontrar las iniciales que grabamos a cuchillo en su tronco macizo.  Sentir que cada una de sus hojas y yo sabemos bien que, recordándote, sigues aquí conmigo, aunque tu cuerpo ya se haya ido. 

Luna de sangre

Eclipse de sangre llaman al momento en que la luna pone su cara ardorada, roja de ardores nocturnos, de intentar infructuosamente que su amado sol pase, alguna vez, una noche junto a ella.  Los lobos aúllan su llanto, pero el rey Febo aún no quiere darse cuenta.

Un extraño día en julio (#RetoLesTodes #RetoBurdick)

Encontrarnos después de tantos años fue mágico. En verdad, mágico fue reconocernos después de tres décadas. Mis canas, la tintura de su pelo, mi panza de cuatro décadas, su sonrisa marcada por una vida. Tan fuera de contexto, tan lejos de nuestra infancia y sin embargo, ella dijo "Nachi" y el tiempo retrocedió velozmente hasta nuestras vacaciones de invierno en la posada de Gualeguaychú, frente al río. El escenario que nos reunía era bien distinto. Nos cruzamos en la inefable Buenos Aires y su caos de viernes al mediodía. La city porteña, cargada de hombres de traje y corbata y cuello almidonado, no fue testigo de nuestras miradas y nuestra nostalgia, porque toda su gente miraba en otra dirección y sus mentes divagaban —seguramente— entre números y el cambio bursátil. Me paré, la miré, me abrazó. Siempre fue así, ella decidida y relajada, yo algo más lerdo y quedado. Le devolví el abrazo, de escasos segundos e infinitas añoranzas. Raquel me pasó la mano por ...